7.7.09

Pequeño tributo al genio humano

Se van los ídolos. Se van las mentes brillantes. Aquellas que nos recuerdan porque nuestro perro duerme en el patio y no nosotros. Humanos, demasiado humanos tal vez. Quienes brillan en lo alto como un loco diamante nos dicen a cada segundo que el hombre en su inagotable egoísmo es capaz también de emocionarnos, de transportarnos a estados mentales únicos e irrepetibles. La carne perece más la obra sigue por los siglos de los siglos.
Amén.