miércoles, 25 de septiembre de 2013

Crónicas Dieciocheras





Entre tanto choripán y copetines varios, la pasada semana de fiestas patrias, me invitaron a casa de unos familiares de mi señora. Como de costumbre, iba de mala gana y con muy pocas expectativas.


Grata sorpresa me llevé cuando el marido de la tía de la esposa, un personaje livianito y de buena conversa, me tenía reservado encimita de su amplia y atiborrada estantería un librito titulado “Para leer al Pato Donald”. Texto que por lo demás me interesaba leer hace tiempo. “Lo dejé aparte, me dijo; pensé, por lo que me había comentado mi señora (la tía de mi señora), que te podía interesar”.

La velada entonces, se tornó del gris a un brillante azul, pues el día afuera fulguraba y el humo y el aroma que emergía desde las redondas brazas que doraban aquellos benditos anticuchos, hacían más “interesante” el panorama.

Resultó que “Palomito” como curiosamente le llaman los cercanos, era todo un perosnaje, lector empedernido como es, tenía a su haber muchísismos libros, casi todos de mi interés. Había nacido en Puerto Montt, me comentó, su abuelo había sido un inmigrante español y su padre un viejo lobo de mar. No podía imaginar a esa altura, por qué le llamaban “Palomito”, era obvio, su apellido era Palomo y resultó ser que, para mi mayor sorpresa era una especie de primo del gran Pepe Palomo, talentoso humorista gráfico de “aquellos tiempos” que como varios y por fuerza mayor, tuvo que hacer carrera en el extranjero.


Pese a que no lo conoce personalmente, Palomito está convencido de que es pariente no tan lejano del maestro, pues los Palomo no son muchos para empezar y algunas conjeturas habían sacado en su momento junto a su padre (el viejo lobo de mar). En fin, fue una tarde más que agradable, llena de sorpresas y temas interesantes. Conocía a Jodorowsky, sus libros y películas y se sabía prácticamente de memoria su biografía, yo por supuesto y para no ser menos, le comenté que lo conocía igualmente, pero desde la vereda del cómic.

Poco antes de retornar a nuestra casucha, salió a la palestra el nombre de Jorge Délano “Coke” otro talentoso dibujante de la vieja escuela (entre otras muchas gracias) y los títulos de sus obras literarias. “Tengo el “Farmacia de Turnio” por ahí en algún lugar”, me dijo. Pensé que mi cabeza explotaba. Se paró de la silla y comenzó a revolver sus estanterías. Mientras nosotros comenzábamos el largo ritual de despedida con el resto de la familia. Justo antes de retirarnos dijo “Aquí está” y me lo pasó. Otro invaluable tesoro en mis manos para deleitarme por el resto del mes de la patria. Por supuesto, quedaron muchos temas pendientes para (espero) una próxima oportunidad.




Sobre “Para Leer al Pato Donald”


Librito de pequeño formato editado en 1971 por Ediciones Universitarias de Valparaíso (PUCV). En sus páginas, su autores Ariel Dorfman (Quimantú) y Armand Mattelart, descuartizan la literatura gráfica de Disney y su solapado plan de domino del mundo por medio de la estupidización de las nuevas generaciones (o al menos así lo entendí yo). Tomando en cuenta que en la época que fue escrito, las revistas de historietas eran de los pocos medios de entretención e información con que contaban los infantes. Pese a lo certero de algunos juicios, me parece un discurso radical y descontinuado, toda vez que pese a que Disney sigue siendo un imperio, otros males más terribles acechan hoy por hoy a nuestra precoz juventud. Recomendable, de todos modos.

R.

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